Las tradiciones religiosas pueden y deben vivir en armonía

Semana Mundial de la armonía Interconfesional


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Tres perspectivas teológicas

Desde el punto de vista teórico –escribía hace una docena de años el teólogo belga Jacques Dupuis ya citado – es posible distinguir las diversas problemáticas o perspectivas que se han sucedido en el modo en que la teología cristiana se ha aproximado al problema de las otras religiones. Sin querer expresarlos como “paradigmas”, sí se puede hablar de perspectivas históricas diferentes por las que nos aproximarnos al modo de construir imágenes sociales de la realidad.

Fuera de la Iglesia no hay salvación

      Durante muchos siglos la problemática teológica se ha centrado en la posibilidad de la “salvación de los otros” en Jesucristo. Las diversas teologías de la salvación (presentes en muchas tradiciones religiosas) hunden sus raíces cristianas en la teología paulina, entrelazada con la teología de la justificación (lo que al creyente hace justo ante los ojos de Dios). Y la salvación se entendió durante siglos –y todavía en algunas personas poco formadas –  en el sentido tradicional de “salvarse de las penas del infierno”.

      A partir de la afirmación clara de la fe, según la cual Jesucristo es el Salvador universal, se preguntaba si “los otros”, los no cristianos, los de otras religiones, podían alcanzar la salvación en Jesucristo o no podían. La convicción de los primeros teólogos cristianos de que la cristiana es la única religión verdadera y que las otras, en bloque, son falsas y que por ello sus adeptos se condenan al ser culpables de su error, llevó a una visión “exclusivista” de las antropologías de la religión cristiana.

      “Hay que reconocer (con la debida vergüenza por nuestra parte) –escribe Dupuis (“El cristianismo y las religiones. Del desencuentro al diálogo” , página 19) – que durante muchos siglos, tanto la teología como la doctrina oficial de la Iglesia, han dado una respuesta principalmente negativa a esta pregunta”.

El problema de los paganos inocentes

      La afirmación de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, entendida en sentido rígido a partir del siglo V, se introdujo en los documentos de los papas y de los concilios de la Iglesia hasta el siglo XV. Pero a partir del descubrimiento de nuevas tierras y culturas en lo que se llamó América, ya no era posible que los teólogos siguieran sosteniendo que quienes no habían llegado a la fe explícita en Jesucristo no se podían “salvar”.

      La reflexión teológica cristiana desarrolló y justificó diversas teorías según las cuales la fe implícita (y no solo la explícita) era suficiente para alcanzar la salvación en Jesucristo. No es este el momento para desarrollar estas teorías. Baste con recordar que esta perspectiva se mantuvo hasta mediados del siglo XX como doctrina común de la Iglesia.

      La perspectiva teológica de la posibilidad o imposibilidad de salvación para los seguidores de otras tradiciones religiosas – que recibió durante muchos siglos una respuesta negativa, y en un segundo tiempo una respuesta más positiva, si bien bajo condiciones restrictivas – se mantuvo como problemática común de la teología de las religiones hasta los últimos decenios que precedieron al concilio Vaticano II (1962-1965).

Cambio teológico en el Vaticano II

      Durante el concilio Vaticano II, los padres conciliares debatieron dos problemas diferentes. Por una parte, el de la salvación individual de las personas que pertenecen a otras tradiciones religiosas. Y por otra parte, el significado de otras tradiciones religiosas en el designio de Dios para la humanidad y el papel que esas tradiciones desempeñan, en definitiva, en la salvación de sus miembros. Esta segunda cuestión es la más importante, así como la más compleja.

      Los principales textos conciliares que deben considerarse pertenecen –en el orden de su proclamación por el concilio – a la constitución conciliar sobre la Iglesia, la Lumen Gentium(números 16 y 17), a la declaración Nostra Aetate (número 2) y al decreto Ad Gentes (números 3, 9, 11). En cada uno de ellos, el concilio desarrolla tres temas:

  1. La salvación de los que están fuera de la Iglesia.
  2. Los valores auténticos que se encuentran en los “no cristianos” y en las tradiciones religiosas.
  3. El aprecio de estos valores por parte de la Iglesia, y la actitud que, como consecuencia, adopta hacia las tradiciones religiosas y sus miembros.

      Se abría así una etapa de diálogo y entendimiento. Pero para muchos teólogos, el magisterio conciliar y posconciliar quedaba demasiado corta.  El concilio Vaticano II afrontó “la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas” dentro de unos parámetros bien definidos. La voluntad de la Iglesia era promover la estima recíproca y la colaboración, pero dentro de los límites impuestos por la comprensión la identidad de la Iglesia y su propia misión. De ellas trataremos en otro artículo que se está elaborando para Tendencias21 de las religiones.

¿Es insuficiente el Vaticano II?

      Pero en los últimos años los estudiosos han abierto una tercera perspectiva o problemática a este respecto. En opinión de muchos teólogos ya no basta con preguntar si las tradiciones religiosas tienen que ver y en qué están relacionadas con el misterio de la salvación en Jesucristo de sus miembros. De manera más profunda –según apunta Dupuis -, los teólogos se preguntan qué significado positivo tienen las tradiciones religiosas mismas en el único plan global de Dios para la salvación.

      Sin que se pretenda poder escrutar a fondo el designio divino para la humanidad, se preguntan también los teólogos si el pluralismo religioso del mundo de hoy no tiene quizás en este plan un significado positivo aunque escondido y misterioso.

      Se preguntan, en suma, si el designio divino para la humanidad no es tal vez mucho más vasto y profundo de lo que hayamos pensado jamás. Y concluye Dupuis: “Hay que mantener todavía hoy, como se pensaba antes de manera espontánea – no sin prejuicios negativos hacia las tradiciones religiosas – que todos los hombres están destinados por Dios a hacerse explícitamente cristianos, aunque la mayoría de ellos no alcancen este destino, mientras la realidad concreta en la que estamos viviendo parece indicar precisamente lo contrario? ¿Acaso no es Dios “más grande que nuestro corazón” (véase 1 Jn 3,20)? ¿Acaso no es su plan de salvación mayor que nuestras ideas teológicas?” (El cristianismo y las religiones, pág. 21-22)

      No hemos abordado aquí la evolución de la reflexión que llamamos teológica que haya podido desarrollarse en otras tradiciones religiosas mayoritarias, como el judaísmo, el islamismo o el hinduismo, que deben ser muy interesantes aunque muy poco conocidas en occidente. En este artículo nos referimos sobre todo a la reflexión teológica producida en el occidente de cultura de matriz cristiana.

Las teologías del pluralismo religioso

      La reflexión teológica sobre el conjunto de las religiones es relativamente reciente en la historia del pensamiento cristiano, según Torredefort. La teología cristiana tradicional, suponiendo que solo es verdadera nuestra religión, ha subestimado las aportaciones de otras religiones al patrimonio espiritual de la humanidad. Son escasas las aportaciones interreligiosas fundamentadas teológicamente anteriores al concilio Vaticano II. Como mucho, se investigó el asunto de las religiones comparadas, realizado por lo general desde una perspectiva de la filosofía, la antropología o la teología cristiana.

      La que se empezó a llamar Teología de las religiones ha recibido en este quicio de siglos un nuevo impulso en Inglaterra y en los Estados Unidos de Norteamérica. Primero fue con el interés por las culturas religiosas comparadas, la superación del eurocentrismo y el interés por otras formas de espiritualidad sobre todo de oriente. Esta reflexión fue madurando hacia la construcción social de lo que se denomina ahora «teología del pluralismo religioso» que va más allá de un nuevo modo de hacer teología.

      Uno de los teóricos de pluralismo religioso desde el ámbito católico, Paul F.  Knitter, define así en su obra One Earth, Many ReligionsMultifaith Dialogue & Global Responsability [Orbis Books, New York, 1955, p., 29] esta corriente teológica: “la teología del pluralismo religioso interpreta la relación de los cristianos con las otras religiones y, emergiendo de la matriz del cristianismo crítico, y quiere conjurar las graves consecuencias ad intra y ad extra de una actitud cristiana de superioridad en relación a las otras religiones”.

      Por otra parte, Jacques Dupuis escribe en la conclusión de su libro ya citado El Cristianismo y las Religiones (pág. 343): “La problemática reciente en la teología de las religiones (…) consiste en preguntarse si es posible afirmar que las diversas tradiciones religiosas del mundo actual tienen un significado positivo en el plan único pero complejo de Dios sobre la humanidad y en qué sentido [se puede afirmar]. Tal problemática supera la anterior de la mera posibilidad de salvación en Jesucristo de los miembros de otras tradiciones religiosas, así como también la de un eventual reconocimiento de valores positivos, tanto “naturales” como también “de verdad y gracia”, dentro de las mismas tradiciones. La nueva perspectiva consiste, por el contrario, en preguntar si tales tradiciones religiosas encuentran en el designio divino universal de salvación una justificación y un valor positivo como “vías” o “caminos” de salvación para sus seguidores, previstos o dispuestos por Dios”.

      Y concluye (pág. 344): “Este es significado del “pluralismo religioso de principio”, representado aquí, que no tiene que ver con el cambio de paradigma hacia un pluralismo neutral e indiferente de los pluralistas. Jesucristo es el salvador constitutivo de la humanidad y el acontecimiento Cristo es causa de la salvación de todos los hombres; pero esto no impide que las otras tradiciones religiosas puedan, en el marco del designio divino para la humanidad, servir de “mediación” del misterio de salvación en Jesucristo a favor de sus seguidores”.

      Dupuis, posiblemente presionado por la publicación de dos documentos emanados de la Congregación para la doctrina de la fe, matizó sus afirmaciones teológicas. El primer documento es la declaración Dominus Iesus, publicada por la Congregación el 5 de septiembre de 2000 [Texto castellano en Ecclesia, núm. 3014 (2000) pág. 1416-1426]. El segundo documento es una Notificación relativa al libro Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso, publicada en 2001 [Texto castellano en Ecclesia, 3040 (2001), pág. 413-414]. Estos dos documentos le hicieron matizar sus planteamientos teológicos, introduciendo el término “Pluralismo religioso de principio”.

ciones religiosas pueden y deben vivir en armonía

Semana Mundial de la armonía Interconfesional

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Tres perspectivas teológicas

Desde el punto de vista teórico –escribía hace una docena de años el teólogo belga Jacques Dupuis ya citado – es posible distinguir las diversas problemáticas o perspectivas que se han sucedido en el modo en que la teología cristiana se ha aproximado al problema de las otras religiones. Sin querer expresarlos como “paradigmas”, sí se puede hablar de perspectivas históricas diferentes por las que nos aproximarnos al modo de construir imágenes sociales de la realidad.

Fuera de la Iglesia no hay salvación

      Durante muchos siglos la problemática teológica se ha centrado en la posibilidad de la “salvación de los otros” en Jesucristo. Las diversas teologías de la salvación (presentes en muchas tradiciones religiosas) hunden sus raíces cristianas en la teología paulina, entrelazada con la teología de la justificación (lo que al creyente hace justo ante los ojos de Dios). Y la salvación se entendió durante siglos –y todavía en algunas personas poco formadas –  en el sentido tradicional de “salvarse de las penas del infierno”.

      A partir de la afirmación clara de la fe, según la cual Jesucristo es el Salvador universal, se preguntaba si “los otros”, los no cristianos, los de otras religiones, podían alcanzar la salvación en Jesucristo o no podían. La convicción de los primeros teólogos cristianos de que la cristiana es la única religión verdadera y que las otras, en bloque, son falsas y que por ello sus adeptos se condenan al ser culpables de su error, llevó a una visión “exclusivista” de las antropologías de la religión cristiana.

      “Hay que reconocer (con la debida vergüenza por nuestra parte) –escribe Dupuis (“El cristianismo y las religiones. Del desencuentro al diálogo” , página 19) – que durante muchos siglos, tanto la teología como la doctrina oficial de la Iglesia, han dado una respuesta principalmente negativa a esta pregunta”.

El problema de los paganos inocentes

      La afirmación de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, entendida en sentido rígido a partir del siglo V, se introdujo en los documentos de los papas y de los concilios de la Iglesia hasta el siglo XV. Pero a partir del descubrimiento de nuevas tierras y culturas en lo que se llamó América, ya no era posible que los teólogos siguieran sosteniendo que quienes no habían llegado a la fe explícita en Jesucristo no se podían “salvar”.

      La reflexión teológica cristiana desarrolló y justificó diversas teorías según las cuales la fe implícita (y no solo la explícita) era suficiente para alcanzar la salvación en Jesucristo. No es este el momento para desarrollar estas teorías. Baste con recordar que esta perspectiva se mantuvo hasta mediados del siglo XX como doctrina común de la Iglesia.

      La perspectiva teológica de la posibilidad o imposibilidad de salvación para los seguidores de otras tradiciones religiosas – que recibió durante muchos siglos una respuesta negativa, y en un segundo tiempo una respuesta más positiva, si bien bajo condiciones restrictivas – se mantuvo como problemática común de la teología de las religiones hasta los últimos decenios que precedieron al concilio Vaticano II (1962-1965).

Cambio teológico en el Vaticano II

      Durante el concilio Vaticano II, los padres conciliares debatieron dos problemas diferentes. Por una parte, el de la salvación individual de las personas que pertenecen a otras tradiciones religiosas. Y por otra parte, el significado de otras tradiciones religiosas en el designio de Dios para la humanidad y el papel que esas tradiciones desempeñan, en definitiva, en la salvación de sus miembros. Esta segunda cuestión es la más importante, así como la más compleja.

      Los principales textos conciliares que deben considerarse pertenecen –en el orden de su proclamación por el concilio – a la constitución conciliar sobre la Iglesia, la Lumen Gentium(números 16 y 17), a la declaración Nostra Aetate (número 2) y al decreto Ad Gentes (números 3, 9, 11). En cada uno de ellos, el concilio desarrolla tres temas:

  1. La salvación de los que están fuera de la Iglesia.
  2. Los valores auténticos que se encuentran en los “no cristianos” y en las tradiciones religiosas.
  3. El aprecio de estos valores por parte de la Iglesia, y la actitud que, como consecuencia, adopta hacia las tradiciones religiosas y sus miembros.

      Se abría así una etapa de diálogo y entendimiento. Pero para muchos teólogos, el magisterio conciliar y posconciliar quedaba demasiado corta.  El concilio Vaticano II afrontó “la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas” dentro de unos parámetros bien definidos. La voluntad de la Iglesia era promover la estima recíproca y la colaboración, pero dentro de los límites impuestos por la comprensión la identidad de la Iglesia y su propia misión. De ellas trataremos en otro artículo que se está elaborando para Tendencias21 de las religiones.

¿Es insuficiente el Vaticano II?

      Pero en los últimos años los estudiosos han abierto una tercera perspectiva o problemática a este respecto. En opinión de muchos teólogos ya no basta con preguntar si las tradiciones religiosas tienen que ver y en qué están relacionadas con el misterio de la salvación en Jesucristo de sus miembros. De manera más profunda –según apunta Dupuis -, los teólogos se preguntan qué significado positivo tienen las tradiciones religiosas mismas en el único plan global de Dios para la salvación.

      Sin que se pretenda poder escrutar a fondo el designio divino para la humanidad, se preguntan también los teólogos si el pluralismo religioso del mundo de hoy no tiene quizás en este plan un significado positivo aunque escondido y misterioso.

      Se preguntan, en suma, si el designio divino para la humanidad no es tal vez mucho más vasto y profundo de lo que hayamos pensado jamás. Y concluye Dupuis: “Hay que mantener todavía hoy, como se pensaba antes de manera espontánea – no sin prejuicios negativos hacia las tradiciones religiosas – que todos los hombres están destinados por Dios a hacerse explícitamente cristianos, aunque la mayoría de ellos no alcancen este destino, mientras la realidad concreta en la que estamos viviendo parece indicar precisamente lo contrario? ¿Acaso no es Dios “más grande que nuestro corazón” (véase 1 Jn 3,20)? ¿Acaso no es su plan de salvación mayor que nuestras ideas teológicas?” (El cristianismo y las religiones, pág. 21-22)

      No hemos abordado aquí la evolución de la reflexión que llamamos teológica que haya podido desarrollarse en otras tradiciones religiosas mayoritarias, como el judaísmo, el islamismo o el hinduismo, que deben ser muy interesantes aunque muy poco conocidas en occidente. En este artículo nos referimos sobre todo a la reflexión teológica producida en el occidente de cultura de matriz cristiana.

Las teologías del pluralismo religioso

      La reflexión teológica sobre el conjunto de las religiones es relativamente reciente en la historia del pensamiento cristiano, según Torredefort. La teología cristiana tradicional, suponiendo que solo es verdadera nuestra religión, ha subestimado las aportaciones de otras religiones al patrimonio espiritual de la humanidad. Son escasas las aportaciones interreligiosas fundamentadas teológicamente anteriores al concilio Vaticano II. Como mucho, se investigó el asunto de las religiones comparadas, realizado por lo general desde una perspectiva de la filosofía, la antropología o la teología cristiana.

      La que se empezó a llamar Teología de las religiones ha recibido en este quicio de siglos un nuevo impulso en Inglaterra y en los Estados Unidos de Norteamérica. Primero fue con el interés por las culturas religiosas comparadas, la superación del eurocentrismo y el interés por otras formas de espiritualidad sobre todo de oriente. Esta reflexión fue madurando hacia la construcción social de lo que se denomina ahora «teología del pluralismo religioso» que va más allá de un nuevo modo de hacer teología.

      Uno de los teóricos de pluralismo religioso desde el ámbito católico, Paul F.  Knitter, define así en su obra One Earth, Many ReligionsMultifaith Dialogue & Global Responsability [Orbis Books, New York, 1955, p., 29] esta corriente teológica: “la teología del pluralismo religioso interpreta la relación de los cristianos con las otras religiones y, emergiendo de la matriz del cristianismo crítico, y quiere conjurar las graves consecuencias ad intra y ad extra de una actitud cristiana de superioridad en relación a las otras religiones”.

      Por otra parte, Jacques Dupuis escribe en la conclusión de su libro ya citado El Cristianismo y las Religiones (pág. 343): “La problemática reciente en la teología de las religiones (…) consiste en preguntarse si es posible afirmar que las diversas tradiciones religiosas del mundo actual tienen un significado positivo en el plan único pero complejo de Dios sobre la humanidad y en qué sentido [se puede afirmar]. Tal problemática supera la anterior de la mera posibilidad de salvación en Jesucristo de los miembros de otras tradiciones religiosas, así como también la de un eventual reconocimiento de valores positivos, tanto “naturales” como también “de verdad y gracia”, dentro de las mismas tradiciones. La nueva perspectiva consiste, por el contrario, en preguntar si tales tradiciones religiosas encuentran en el designio divino universal de salvación una justificación y un valor positivo como “vías” o “caminos” de salvación para sus seguidores, previstos o dispuestos por Dios”.

      Y concluye (pág. 344): “Este es significado del “pluralismo religioso de principio”, representado aquí, que no tiene que ver con el cambio de paradigma hacia un pluralismo neutral e indiferente de los pluralistas. Jesucristo es el salvador constitutivo de la humanidad y el acontecimiento Cristo es causa de la salvación de todos los hombres; pero esto no impide que las otras tradiciones religiosas puedan, en el marco del designio divino para la humanidad, servir de “mediación” del misterio de salvación en Jesucristo a favor de sus seguidores”.

      Dupuis, posiblemente presionado por la publicación de dos documentos emanados de la Congregación para la doctrina de la fe, matizó sus afirmaciones teológicas. El primer documento es la declaración Dominus Iesus, publicada por la Congregación el 5 de septiembre de 2000 [Texto castellano en Ecclesia, núm. 3014 (2000) pág. 1416-1426]. El segundo documento es una Notificación relativa al libro Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso, publicada en 2001 [Texto castellano en Ecclesia, 3040 (2001), pág. 413-414]. Estos dos documentos le hicieron matizar sus planteamientos teológicos, introduciendo el término “Pluralismo religioso de principio”.

SE PUBLICARÁ EL TEXTO 3/4 EL DOMINGO 10 DE ENERO 2020